Mi primera salida al desierto – Junio 1974 (continuación)

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Los postres a ésta magnifica excursión llega el último día, ya hemos desmontado el campamento y estamos listos para la marcha. El teniente está dispuesto a pasarlo bien y nos dice que haremos una marcha rápida con los vehículos, nos colocamos en paralelo y a una cierta distancia, el Land-Rover del teniente se coloca a la derecha y a su lado el del sargento y a continuación el resto. Se trata de ir en paralelo para evitar el polvo que levanten los otros coches y correr al mismo ritmo que el del teniente. No señores, no se una marcha rápida, es una carrera, acabamos de inventar el París-Dakar. Yo voy en el lugar de operador que es detrás, me cojo como puedo a la emisora y a los asientos, pero boto y reboto. La adrenalina sube a mil, pero disfruto como un enano. La velocidad no será más de 90 kilómetros/hora pero debido a la inestabilidad del terreno parece que vamos a 300. Detrás nuestro se ha formado una polvareda muy espesa y delante el infinito. A medida que avanzamos el paisaje va cambiando y ya no se puede correr tanto, empiezan a aparecer pequeñas plantas y zonas con piedras. De repente el vehículo del teniente hace un giro a la derecha y cambia de horizonte, lo seguimos, siempre alineados por la derecha. En el horizonte aparecen unas figuras en movimiento que poco a poco se van haciendo más grandes, es un grupo de cinco o seis animales que también corre a gran velocidad, poco a poco nos vamos acercando ya que nuestra velocidad es ligeramente superior y ya se pueden distinguir, son gacelas. Un temor me invade, me da la impresión que el objetivo no es una carrera, el objetivo es una cacería y yo estoy en total desacuerdo, pero no podré hacer absolutamente nada, bastante trabajo tengo en mantenerme sentado. Ya las hemos atrapado, prácticamente estamos encima. Pero los animales hacen un giro inesperado a la izquierda, que los coches no pueden seguir de inmediato y se vuelven a alejar. De los vehículos del teniente y del sargento suenan los primeros disparos, la escena se repite unas cuantas veces, pero la puntería es poca. Realmente tiene que ser muy difícil dar en el blanco en estas condiciones. Por fin nos damos por vencidos y los animales desaparecen en el horizonte tal como habían aparecido. Seguramente no hay dragonkan, ni montaña rusa que pueda dar unas sensaciones como las que viví.

La vuelta fue más plácida, fuimos deshaciendo el camino hecho el primer día. Al llegar a la bahía de Villa Cisneros la vista era magnífica, aquella arena blanca y agua iluminadas por el sol, aquellos colores y reflejos maravillosos y sorpresa en la playa había un grupo de flamencos, con sus tonalidades rosas que contrastaban con las de su entorno.

About Mili Sahara

Saharià 1974-975 (caporal transmisions, Villa Cisneros i Edchera)

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